Opinión

Tirar un sombrero
07/03/17 · J.L. Pineda

El otro día andaba como de costumbre en el campito de al lado de casa tirando paredes con mi hijo. Se llama Darío, tiene seis años y cambia tan rápido que nos cuesta aprender a ser padres a ese vertiginoso ritmo. Si hay alguna certeza en ese universo cambiante que es su vida es su pasión por el fútbol. Desde casi antes de empezar a andar la pelota ha sido su juguete más preciado. En el parque rehuía los toboganes y los columpios, en casa los legos o los playmobil, su mejor entretenimiento fue siempre la pelota. En el patio, pelota; en casa de los abuelos, pelota; en el salón de la casa, en el campo de entrenamiento, en el patio del colegio, en el campito de al lado de casa, pelota. Ayer era un día como otro cualquiera: en una de las fases yo hago de portero delantero, él viene y trata de driblarme y hacer gol. Darío es un tipo de ideas fijas y cuando le da por el autopase, es todo el tiempo autopase. Ayer venía practicando un regate hacia dentro, una pisadita, pero yo le tiré el balón trompicado y en el control le salió botando hacia delante. Corrió, y cuando casi nos cruzamos no hizo autopase, ni tampoco pisada, ni el regate por el exterior, que son de verdad los únicos que sabe hacer, no. Ahí, forzado, casi al encuentro, Darío tiró un sombrero perfecto, me rodeó por fuera, con tiempo suficiente para ver la pelota botar y cabecear a gol con toda la portería para él.

Yo me eché las manos a la cabeza para aplaudirle el sombrero, con cierta exageración, como es propio de un padre moderado y de la jugada que acababa de hacer y él dibujó una sonrisa que no se le fue en todo lo que quedaba de tarde. Era la primera vez que Darío intentaba un sombrero y  le salió. No es más que una anécdota, lo realmente relevante es lo que sucedió después. Darío entró en un estado de excitación poco habitual en él y venía a mí continuamente para repasar los detalles de la jugada que acababa de hacer. Estaba emocionado. Y yo me di cuenta de eso que hemos leído en algunos libros que deben resultar muy extraños porque nadie se afana en aplicar: sí, es más fácil aprender a través de la emoción. Es sencillo servir el aprendizaje sobre el mantel de aquello que te apasiona. Con aquel simple sombrero, Darío aprendió geometría, distinguió las líneas curvas de las rectas, dibujó el óvalo, el círculo, la esfera, el rectángulo, el gol. Aprendió matemáticas: no tuvo dudas de que aquél era el primer sombrero que hacía, y entendió rápido que no sería el último. Supo ordenar rápidamente el top de sus mejores jugadas y no se equivocó en cuál era mayor o menor, supo que en aquel problema no había resta. Aprendió filosofía, cuando de repente se cuestionó a sí mismo por qué aquella jugada tan excelsa se llamaba sombrero y lengua, semántica, cuando él mismo encontró la respuesta, que le pareció obvia y le hizo reír.  Aprendió de la vida, porque con aquella emoción que se le salía por la sonrisa, discutía conmigo sobre lo posible y lo imposible, sobre cómo todo lo que parece no es, o viceversa. Aprendió que es capaz de hacer cosas que no hubiera imaginado, que sólo tiene que intentarlo, que hay que atreverse. Todo ocurrió en el tiempo que se tarda en tirar un sombrero, un tiempo frugal y probablemente mucho más efectivo que toda una semana de repetir rutinas, de sumas con llevadas como argumentos abstractos y monótonos. Aprendió mucho y me enseñó todavía más. Me enseñó cuán difícil es educar, y qué sencillo parece a veces, y que no hay nada mejor que aprender de aquello que realmente te emociona. Que se enseña mejor a través de la pasión.



Todavía, cuando ya regresábamos con el balón bajo el brazo, para ponerle el broche a aquella jugada mágica, Darío me preguntó: papá, por cierto, ¿cómo se dice sombrero en inglés?

 

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