Opinión

Finito y la eternidad
02/06/15 · J. L. Pineda

Un indulto, se produzca o no, siempre viene envuelto de polémica. Hay personas para las que nunca es suficiente. Si el toro se arrancara dos veces en el caballo, pedirían tres, y si lo hiciera tres, buscarían el defecto en cómo se empleó en el capote, o en banderillas. A este respecto, intuyo que hay que respetar la opinión de cada cual, sea mayoritaria o no, y eso a buen seguro alimentará durante semanas las tertulias taurinas en los bares. Bien mirado, hasta puede ser positivo pues coincidiremos todos en que la fiesta anda escasa de debates de relevancia.

Más allá de todo eso, yo me he quedado sorprendido con algunas crónicas, realizadas, se supone, por aficionados profesionales, gente que conoce las reglas y, más importante, conoce la esencia del toreo. Me sorprende, como les digo, que todos pusieran el foco en el supuesto desacato de un torero que mató al toro superados los tres avisos. No vi a ninguno ponerlo en el desacato del presidente al reglamento en la concesión del indulto y más importante aún, en el contexto inédito, único, e histórico de la tarde, que solo el paso del tiempo, cuando la vulgar rutina nos invada, pondrá en su verdadero sitio.

Finito es un torero irrepetible. Los que vemos el toreo como un arte sublime y un ejercicio de sensibilidad extrema tenemos que agradecerle muchas cosas, más allá incluso de su concepto, donde no cabe un gramo más de pureza y verdad. Tenemos que agradecerle que, por ejemplo, desobedeciera flagrantemente a la autoridad en Montoro en el año 2004, aquella vez sí, para dejar vivo a un toro que no merecía la muerte, solo porque una regla absurda así lo dictaba. Porque aquello, que le costó el dinero, y también las feroces críticas de muchos, sirvió para cambiar para siempre aquella regla, y, desde entonces, desde que el torero puso por encima de sus intereses y de las encorsetadas normas su sensibilidad, ahora el mundo del Toro es un poco mejor. Esos son los verdaderos genios, los que, cuando los demás nos agarramos a esas normas que necesitamos para vivir, son lo suficientemente clarividentes como para romperlas, y ofrecernos otras que, a la postre, nos hacen la vida mejor.

Finito torando al natural a "Laborador". Autor: Paco Jiménez

Con todo, no fue eso lo que ocurrió el sábado en Los Califas, porque Finito, resignado, mató a aquel toro que, a mi juicio y al de muchos, no merecía la muerte. El torero le recetó del mal el menos, le ofreció una muerte digna a un animal que le había dado tanto. ¿Qué más da si el presidente había sacado dos pañuelos o tres? ¿Qué más da si el torero, que estaba roto, abandonado, toreando como en el salón de su casa, lo mató en ese intervalo efímero que separa un pañuelo de otro? ¿De verdad hay alguien tan gris como para poner el foco en eso y no en lo que se vio en el ruedo?

Lo que se vio en el ruedo, señores, es historia del toreo. De esa plaza y de ese torero, que es mucho decir. Después de veinticuatro años, y una carrera extensa, con las luces y las sombras que acompañan a los genios, Finito se plantó en los medios y, cuando se echó la muleta a la izquierda, hizo parar el tiempo. O diría más, nos llevó a todos, a los que siempre creímos y a los que dejaron de hacerlo, a un maravilloso viaje dentro de nuestra propia conciencia. Toreó tan despacio que yo solo alcanzaba a decir ¡qué barbaridad! mientras la plaza se sumía en una locura colectiva que yo recordaba de aquella tarde de Tabernero. Finito nos retrocedió en el tiempo, y nos enseñó a todos cómo el mundo del arte puede confundir los sueños y la realidad. Toreó con tanto sentimiento que uno llegó a pensar que aquel sería el momento cumbre que a todo aficionado nos aguarda, ese en el que en el ruedo hay un torero de época, abandonado a su arte, mirando a los ojos a un toro que le está permitiendo expresar todo lo que lleva dentro. Despacio, despacio, despacio. No me canso de repetir esa palabra porque no he visto deslizarse esa muleta así, casi podían verse los granos de albero suspendidos mientras Finito apuraba el muletazo largo, hondo como los suspiros de una enamorada.

Finito toreó y toreó. Se cambió de mano cuantas veces quiso, ofreció remates a cada cual más perfecto, un cartel de toros, y otro y otro, cada muletazo, sin excepción. El toro encajado en él, como si fueran la misma pieza de ese baile imposible que es el toreo eterno. Finito toreó hasta hacerme literalmente llorar, así que ustedes me van a perdonar que yo no quiera seguir hablando más de reglas y normas, de polémicas absurdas, sino del enorme privilegiado que me siento de haber podido estar allí, aquel día en el que el Sexto Califa del toreo cordobés hizo click, rebobinó la cinta, y nos dio a todos la mayor lección de Tauromaquia que nunca hayamos visto. El día en que Finito nos regaló de nuevo el toreo que desde pequeñitos imaginamos solo cabe el agradecimiento para aquel que, en este mundo cruel, sabe hacerte soñar.

Gracias, maestro Finito.

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