Opinión

Populismo
19/11/18 · David Jurado

Filosofía política que promueve los derechos y el poder del pueblo en su lucha contra una élite privilegiada. También dícese de aquel que pretende atraerse a las clases populares. Ésas son dos de las acepciones del término. El populismo que implantó José Ramón Sandoval desde que llegó al Córdoba CF en febrero. Tanto lo arraigó que a los que captó para su causa hasta llegó a decirles en su última semana en Córdoba que su objetivo era ser el quinto por la cola. Si esa frase final la llegan a pronunciar algunos de los entrenadores cordobeses que pasaron por el club, de los que el último fue Jorge Romero, se les hubiera tachado de faltos de ambición y se les habría corrido a gorrazos.

De hecho, al ahora director deportivo quieren culparlo de la salida de un Sandoval que nunca debió volver, y el que lo trajo fue el mismo que lo echó en junio: su presidente, no los periodistas, porque pedía un sueldo "muy por encima de la media". Tampoco lo dijo eso ningún periodista, pero el mandatario se encargó de deslizarlo al cordobesismo. Por eso no renovó, entre otras muchas razones, de ahí que luego, cuando regresó, lo tuvo que hacer firmando por poco más de un cuarto de aquel millón de euros, ya que el tiempo jugó en su contra.

Sandoval subrayó esa frase el pasado viernes y se quedó tan ancho. No pasó nada, porque lo dijo el verdadero Mesías, el calificativo con el que se llegó a denominar a Jesús León tras liberar al cordobesismo de la represión de Carlos González. Diez meses después, los mismos cordobesistas lo tildan de fantasma tieso y cuestiones peores.

Pero regresando a Sandoval, ya su puesta de largo fue de lo más peculiar, sin previa convocatoria, para qué, porque ya estaba allí, como alertó aquel personaje llamado Joaquín Zulategui, sí, el que reapareció por San Rafael y amenazó con una rueda de prensa en contra del club que nunca llegó ni llegará. Al rato comparecía Sandoval y aquellas primeras frases ya vislumbraban su poder de comunicación.

A Sandoval nunca lo olvidará el cordobesismo, como al Chapi Ferrer o a Escalante. Es lo que tienen los ascensos, los de Huesca y Las Palmas, aquellos que consiguieron sus equipos, sobre todo los futbolistas, algo equiparable a lo logrado no hace tanto por los Sergi Guardiola, Reyes, Kieszek, Sergio Aguza y Juanjo Narváez, que ya no están, junto a Aguado, Aythami, Alfaro, Javi Galán y los cordobeses Fernández y Javi Lara (porque también se juega fuera del campo). Aquella salvación histórica es equiparable a un ascenso.

Tras aquellos citados ascensos y la reciente permanencia asimilable a lo primero, esos técnicos acabaron cayendo antes de los turrones. Y después de aquello ¿dónde entrenaron? Sus carreras acabaron ahí, tras unos tibios pasos según el caso por el Mallorca y precisamente el Cádiz, el verdugo de un Sandoval que tras su proeza en el pasado curso no encontró ningún club en España o el extranjero que lo quisiera.

De entrenadores triturados: Pepe Murcia, Paco Jémez, Juan Luna Eslava, Lucas Alcaraz, Pablo Villa o Berges 

El Córdoba CF es más que un entrenador. Un sentimiento se suele decir, adherido normalmente al sufrimiento al filo de la navaja. De lo contrario difícilmente se puede ser cordobesista, porque disfrutar, lo que se dice disfrutar del fútbol, no es el motivo para ir a El Arcángel. Al Reino, sólo el cordobesista, se sabe a lo que se va. De hecho, cuando van los amigos o familiares y ven espectáculos como el sufrido ante el Getafe en Copa tardan años en volver. Pero ni falta que hace, porque no entenderán nunca lo que es ser cordobesista más allá de ver un partido del Barça o el Madrid. Esto no es Sevilla, como diría Rafael Gómez, ese sitio donde cuando se nace del c... de su madre ya se es del Betis o el Sevilla, en la actualidad más si cabe que cuando lo dijo a principios de siglo precisamente en la presentación de Rafa Berges como jugador del Córdoba en su primer regreso a casa.

Ahora, a este club, viene Curro Torres, al que pocos conocemos, pero que parece ya crucificado, precisamente por eso, por no tener trayectoria en Segunda A. Más o menos la misma que tenía Paco Jémez cuando debutó aquel 26 de agosto de 2007 ante el Celta, es decir, ninguna. Para llegar hay que empezar, y algunos dirán que Paco es un fracasado, pero seis temporadas le contemplan ya en los banquillos de Primera más otro año en México en el que logró devolver al Cruz Azul al sitio que llevaba más de tres años sin estar, un play off por el título. A Jémez también lo lincharon por tierras mexicanas, como ahora a Curro Torres sin empezar, porque hoy toca su presentación.

Berges y León querían a Paco Jémez como recambio del destituido técnico, pero no cuajó pese a las insistencias, primero porque es imposible y segundo porque no es el momento. También porque, como diría aquel, ya está bien de que los cordobeses aparezcan sólo cuando hay problemas deportivos y económicos y encima los solucionen y luego les dan la patada en el culo. Y cuando todo está bien nadie se acuerda de ellos y la gloria para los de fuera. Pues no.

Por el Córdoba, en lo que va de siglo, no sólo han pasado regulares, mediocres y malos entrenadores, como muchos piensan que lo son todos para mí. Como presidentes, aunque Campanero, y con sus peculiaridades, no hay más que uno. Pues igual con los técnicos, que los buenos, como los perfumes, se destilan en gotas de esencia. Eso sí, ahí están los casos de Pepe Murcia, al que tras darle la oportunidad, como parche, para evitar caer a Segunda B, se le pasó a medio exigir ganar la Copa del Rey para ir a la UEFA. Luego le siguieron otros que lo hicieron de aquella manera para salvarnos de infarto en las últimas jornadas y con maletines sospechosos de un lado para otro.

También llegaron apuestas valientes, como la citada de Paco Jémez, a la que siguió, más por necesidad que otra cosa, Juan Luna Eslava. Ojo, y no todos los buenos fueron cordobeses, porque no soy más papista que el Papa. La calidad y el buen hacer no están reñidos con lo local o aquello de mirarse al ombligo, y ahí están los casos de Lucas Alcaraz y Pablo Villa. Fueron de los pocos últimos que superaban la línea de mediocridad. Antes del madrileño fue el turno de Rafa Berges y luego el de Jorge Romero, otros dos cordobeses para el final. 

Racionalizando a todos los vilipendiados por aquella trituradora que tan bien calificó Fernando Castro Santos, uno acaba por darse cuenta que todos llevaron a disfrutar lo mismo, esto es, a vivir en el sufrimiento, eso sí, con algo más de cuartos para los de fuera que para los de la casa. Esos que son los que mejor conocen la idiosincrasia del club y sobre todo ese especial sentimiento llamado cordobesismo.

En conclusión, y acabo que llego tarde a la presentación del enésimo, es el momento de dejarse de populismo. De utilizar a unos y a otros, para de una vez por todas hacer tabla rasa y empezar de cero. ¿Lo hará Jesús León? Creo que no, pero esto no es cuestión de uno, sino de todos y de paso dejar a un lado la envidia, ese factor diferencial que un día Abilio Antolín, que en paz descanse, dijo que se creó en Córdoba.

 

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