Opinión

La balanza
26/12/17 · R. Fernández

Parece que se va. Parece que vende sus acciones, si los mentideros mienten y esto no es una suerte de alquiler del club o maniobra con algún interés detrás. Parece que dará una oportunidad, aunque remota, a un club destrozado, a la deriva, con sensación de abandono visible hasta para el no cordobesista. Parece que, tras seis años y medio, el Córdoba dejará de ser suyo.

Dicen que hay que ser elegante en las victorias. Aquí no hay victoria que valga, sino una gran derrota colectiva y un daño enorme que ojalá no sea irreparable. Pero intentaré lo de la elegancia en mi balance, que creo que es de rigor, aunque parezca que ya no se pueda hablar sin que parezca todo una vendetta, sobre el que todo lo decidió en blanquiverde desde junio de 2011.

Dijo un amigo en un texto similar el otro día que Carlos González tuvo sus cosas buenas y malas, y que no se puede estar más de un lustro de presidente sin dar una a derechas. Yo sinceramente intento ver lo bueno que hizo, o que se le atribuye, y me cuesta dar el plácet sin que me surjan argumentos en contra. Empezando por aquello de que fuera él el que cambiara el concepto del cincuentapuntismo en Córdoba, cuando si eso pasó fue gracias a la tremenda ambición, que le sigue jugando malas pasadas, de Paco Jémez, en su primer y único año al frente del equipo. El que cogió a un grupo de jugadores normales, en los que casi nadie creía, y les sacó más rendimiento incluso del que tenían, como se ha visto luego en varios casos.

Si hubo un acierto aquel ejercicio, muy controlado por los administradores concursales, fue situar a Juan Luna Eslava en la dirección deportiva, y que éste a su vez apostara por Paco. Y yo por lo menos eso lo he reconocido desde esos primeros meses, a pesar de que ese año, tan recordado por el cordobesismo, en Cordobadeporte no pudiéramos disfrutarlo como nos hubiera gustado, al máximo, al ser vetados para entrevistas personales al mes de llegar aquí. Meses en que echó abajo incluso acuerdos comerciales firmados previamente y de los que se beneficiaban nuestros lectores, ni siquiera nosotros. Servil con el poderoso e implacable con el que creía más débil. 

La segunda gran gesta fue el ascenso a Primera División. A él debimos el poder vivir el más feliz 22 de junio de nuestras vidas y un año de una realidad diferente y desconocida. Ahí está la hemeroteca para demostrar que personalmente siempre lo agradecí. Pero, y seré subjetivo, lo sé, yo no me puedo olvidar de que, como se demostró después, se subió sin ningún criterio deportivo estable desde la marcha de Luna Eslava. Con varios golpes de suerte que pocas veces se vieron en el mundo del fútbol, y en una temporada por la que se estaba pidiendo perdón a diez jornadas del final. Y para luego desaprovechar la coyuntura de asentarse en la categoría, o al menos estirar el chicle de la gloria, como han hecho Eibar y Leganés y va camino de hacer el Girona.

Y el último gran punto, que aún se defiende de manera machacona, es la gestión económica, esgrimida casi desde el primer ejercicio. Ahí poco más puedo matizar que todo lo que he venido contando en este lustro. No soy tan tonto de negar que, salvo que el examen detallado que hagan los nuevos propietarios de los números del club dictamine otra cosa, el Córdoba tiene menos deuda -no creo que sea cero- que cuando llegó. Pero no es menos cierto que muchas veces esos números de bombo y platillo se revelaron luego irreales o inexactos, por no hablar del cobro de dietas y sueldos sin estar permitido por los estatutos de la SAD o del famoso reparto de dividendos legal pero abusivo que aplicó realizando ajustes sobre el impuesto de beneficios por pérdidas de ejercicios anteriores.

Con todo, y dando por buenos esos tres puntos, veo en el otro lado de la balanza un recuerdo aterrador. Una gestión de conflicto permanente, aunque la guerra no fuera contra todos al mismo tiempo. Contra Cajasur. Contra Diputación. Contra el Ayuntamiento y sus alcaldes. Contra todos los medios de comunicación locales, salvo quizá alguna excepción, y con obsesión enfermiza. Contra infinidad de empresas. Contra sus propios trabajadores, fueran jugadores, directores deportivos o jardineros. Contra sus veteranos. Contra los minoritarios. Y contra su afición, permanentemente dividida y que al final optó por la protesta o por directamente dimitir de acudir al campo. Por fases los resultados ayudaron a tapar casi todo, pero al final, los permanentes cambios de criterio, las intromisiones o el impedir trabajar, el volver loco a todo el mundo, terminó pasando factura.

Y además, el gobierno de Ecco Documática y luego Azaveco será recordado -aunque gustaría olvidarlo- por sus inherentes extravagancias -muchas sonrojantes- y los brindis al sol. Esgrimir un día tener Licencia UEFA. Pedir la final de Copa para un estadio sin capacidad porque nos molaba el torneo (pese a que a veces se rompían los tornos). Usar la web oficial para pasar factura mediante comunicados de traca. Echar a un entrenador del filial pero ponerle de director de la cantera. Vender ropa de calidad impropia de un club profesional. Abrir un entrenamiento sin sentido para casi provocar incidentes con los ultras, o cerrarlos todos con la excusa de unas obras. Insinuar que un buen hombre se dedicó a quemar el césped y no respetar luego su memoria. Amenazar con marcharse a entrenar a Sevilla. Inventarse lo de los socios compromisarios y decenas de iniciativas huecas. Ofrecer El Arcángel para jugar el Colombino. Cobrar diez euros a bebés. Vetar a socios por estar siempre espiando el Twitter. Quitar bombos a tus incondicionales. O considerar clientes a tus seguidores. 

Yo, a diferencia de mi referido compañero, prefiero el silencio en cuanto a los deseos futuros en la despedida. Sólo expresar mi respeto por María del Mar Muñoz y su trabajo en la Fundación. Una buena persona muy por encima de las que tiene tan cercanas.

 

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