La indiferencia asumida

La vuelta al pozo de la Segunda B más penosa de la historia del Córdoba CF

El italiano Federico Piovaccari pidiendo perdón al cordobesismo tras su último gol con la blanquiverde en El Arcángel ante Osasuna

El italiano Federico Piovaccari pidiendo perdón al cordobesismo tras su último gol con la blanquiverde en El Arcángel ante Osasuna. Autor: Paco Jiménez

Este segundo fin de semana de junio acabó -sólo en lo deportivo- la peor temporada de la historia del Córdoba CF en la llamada Liga 1|2|3, la Segunda de toda la vida. La realidad a partir de ya pasa a ser Segunda B para el cordobesismo, el nuevo hábitat con el que tendrá que empezar a familiarizarse después de doce años lejos de ese auténtico pozo. Sin duda fue la caída más indiferente, porque estaba tan asumida que casi no supuso dolor. Los paralelismos con aquel efímero paso por Primera de hace cuatro años son tantos que casi es mejor no recordarlos, aunque ahora están acrecentados con los problemas institucionales.

Nuestro Córdoba descendió y como digo desgraciadamente no lo sentí. Casi no me dolió. Y todo ello fue porque no me dejaron llorarlo. A mí y a gran parte del cordobesismo, porque los relíos en los despachos son tales que la lucha interna de los núcleos de poder se sitúan por encima del club. Del escudo, hablando en plata. Plata que al menos nos costará un año en recuperar si se consigue romper esa estadística que dice que el Córdoba nunca retornó al fútbol profesional al año siguiente de perderlo.

Que Jesús León cometió fallos es algo tan real que ni él puede negar. De todos los defectos que tenga el montoreño no está el del realismo, es decir, aquella negación continua de la realidad que hacía Carlos González. Lo curioso, más bien cachondo, es que ahora el tinerfeño se alíe con Luis Oliver para destronar a León, después de todo lo que soltó por la boquita del navarro -no menos que éste sobre el administrador único de Azaveco, Ecco Documática y tantas otras sociedades interpuestas con las que manejó el Córdoba a su antojo-. Ahora se quiere postular como el salvador, la solución a los males de un club sin rumbo desde hace mucho tiempo, más del que pudiera parecer, aunque sea simplemente porque nunca tuvo unas instalaciones propias dignas donde entrenar por mucho que Rafael Gómez hiciera en su día aquella clandestina Ciudad Deportiva que aún lo es -aunque ya ni suya-, ahora dejada de la mano de Dios.

A mí me cansa ya toda esta guerra de guerrillas, y lo peor es que quedan unos pocos episodios, al menos hasta el 31 de julio, que pueden acabar con un club judicializado, que no intervenido. Otra cuestión es que se fallara en el pago de alguno de los plazos que aún quedan del Concurso de Acreedores, el concursillo como fue denominado por los administradores. Ése que ayudó a González a comprar casi gratis un club de Segunda, al que le pretendió arrebatar su identidad y llegó a ningunear, de ahí que parezca kafkiano que algunos no vean con malos ojos que pueda volver. De ese Concurso no se salió por mucho que González lo pregonara en más de una ocasión, ya que faltan varios plazos por pagar y hasta 2021, por lo que el lío real podría llegar si algún proveedor reclamara el adeudo de alguna cantidad y tuvieran que volver Pastor y su cuadrilla. Aquel administrador concursal que se alió con González, por cierto.

En definitiva, que todo da pena, porque no nos dejaron ni llorar en el entierro. Y ya hay que pensar en volver a ilusionarse, una cuestión que pocos ven ahora mismo. En cambio, yo estoy convencido de que en agosto ese cordobesismo volverá a venirse arriba. Porque con uno u otro en el poder, volveremos.

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